Las referencias cristianas de El Señor de los Anillos
A diferencia de su amigo C.S. Lewis, Tolkien detestaba que llamaran "alegoría" a su obra, y de hecho rechazó explícitamente esa etiqueta en el prólogo de la propia novela. Pero eso no significa que su fe católica quedara fuera del texto. En una carta de 1953 al padre Robert Murray, el propio Tolkien escribió: "El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; inconscientemente al principio, pero conscientemente en la revisión." La diferencia con Narnia no está en si hay influencia cristiana, sino en cómo se presenta: no como símbolos que representan ideas concretas, sino como una estructura moral y espiritual que empapa el mundo entero sin que ningún personaje rece jamás a un dios con nombre propio.
Aviso de spoilers: este artículo trata sucesos de los tres libros de la trilogía, incluido el desenlace de El Retorno del Rey.
Gandalf: la muerte y la resurrección
El paralelismo más directo de toda la saga
Gandalf muere enfrentándose al Balrog en el puente de Khazad-dûm, cae a un abismo sin fondo y, según su propio relato posterior, sigue luchando "más allá del pensamiento y el tiempo" en las profundidades más extremas del mundo. Regresa transformado: ya no Gandalf el Gris, sino Gandalf el Blanco, con un poder y una autoridad mayores que antes. Es, estructuralmente, una muerte y una resurrección con un cambio de naturaleza incluido, no una simple vuelta a la vida.
El 25 de marzo, la fecha que nadie eligió al azar
La caída de Sauron y el calendario litúrgico
Este es, probablemente, el detalle más comentado por los estudiosos de Tolkien, y está confirmado por el propio texto: los apéndices de El Retorno del Rey fijan el 25 de marzo como la fecha exacta de la caída de Barad-dûr y la destrucción del Anillo, tan importante que pasa a marcar el inicio de un nuevo calendario en Gondor. Tolkien nunca lo explicó en sus cartas de forma directa, pero la fecha no es casual para cualquier lector con formación católica: el 25 de marzo es la festividad de la Anunciación, el día en que, según la tradición cristiana, la Encarnación entra en el mundo, y también la fecha que la tradición medieval asociaba con la propia Crucifixión.
Que el mundo se libere del mal absoluto exactamente ese día —nueve meses antes de Navidad, en el calendario litúrgico— es el tipo de detalle que Tolkien, filólogo medievalista de profesión, difícilmente habría dejado al azar.
El lembas, un pan que alimenta la voluntad
El pan del camino y el viático
El propio texto describe el lembas con un lenguaje que se aleja bastante de la simple comida de aventuras: es un pan que "nutría la voluntad" y cuya "potencia se acrecentaba a medida que los viajeros dependían sólo de él para sobrevivir". No es solo sustento físico, sino algo que sostiene a Frodo y Sam cuando ya no les queda ninguna otra fuerza, en el tramo final y más desesperado del camino hacia la Grieta del Destino.
Elbereth y Galadriel, ecos de devoción mariana
La luz femenina que protege del mal
Elbereth Gilthoniel, la reina de las estrellas invocada por elfos y hobbits en los momentos de mayor peligro, resulta "más mortal" para el Rey Brujo que cualquier espada, según el propio texto. Es una figura de luz, altura y pureza a la que se reza pidiendo protección, sin que llegue jamás a aparecer como personaje activo en la trama: exactamente el tipo de presencia que Tolkien reconoció, en sus cartas, haber modelado en parte sobre su propia devoción mariana.
Galadriel bebe de la misma fuente. Su rechazo a la tentación del Anillo, su sabiduría serena, su asociación constante con la luz y la pureza, y el propio hecho de que Sam la invoque como una figura casi sagrada en pleno Mordor —"Si la Dama pudiera vernos u oírnos, yo le diría: Señora, todo cuanto necesitamos es luz y agua"— encajan con esa misma tradición devocional, trasladada a un personaje de carne y hueso dentro de la trama.
La compasión de Bilbo y la eucatástrofe
La palabra que el propio Tolkien inventó
Tolkien acuñó el término "eucatastrophe" —el giro repentino hacia la alegría en el momento de mayor desesperación— y llegó a describir la Resurrección como la eucatástrofe por excelencia de la historia humana. El desenlace de la propia novela funciona exactamente así: Frodo, ya vencido por el poder del Anillo, se niega a destruirlo en el último instante. Lo que salva el mundo no es la fuerza de voluntad del héroe, sino la piedad que Bilbo mostró hacia Gollum libros atrás, cuando decidió no matarlo pudiendo hacerlo.
Gollum, atacando a Frodo por el dedo, cae con el Anillo a la lava por accidente. La misión se cumple no gracias al plan, sino a pesar de él: por la gracia funcionando a través de un acto de misericordia que en su momento pareció, incluso a ojos de Frodo, una debilidad injustificable.
Sam, el siervo que carga con lo que otro no puede
Servicio humilde como forma de heroísmo
Sam Gamyi es, para muchos lectores, el auténtico héroe moral de la trilogía precisamente porque su heroísmo no tiene ninguna épica visible: es el que sirve, el que carga las provisiones, el que literalmente lleva a Frodo a cuestas por las laderas del Monte del Destino cuando este ya no puede caminar. "No puedo llevarlo por usted, pero puedo llevarlo a usted junto con él", le dice, en una de las líneas más citadas del libro. Es una imagen de servicio sacrificial sin ninguna búsqueda de gloria personal, coherente con la idea cristiana de que la verdadera grandeza se mide en la humildad, no en el poder.
Un mundo sin templos, pero no sin fe
Tolkien fue muy consciente de que en la Tierra Media no aparece ningún culto organizado, ningún templo, ninguna oración formal dirigida a una divinidad con nombre propio hasta los tiempos muy anteriores narrados en El Silmarillion. Lo explicó él mismo en sus cartas: había eliminado deliberadamente la religión explícita porque, en su opinión, "ya está absorbida en la historia y en el simbolismo". No hace falta que ningún personaje predique un sermón para que el propio tejido moral del relato —el sacrificio voluntario, la piedad como fuerza mayor que la justicia, la humildad como forma de heroísmo, la providencia actuando bajo la superficie de los hechos— sea, en palabras del propio autor, fundamentalmente católico.